La película narra cómo se llevó a cabo la campaña del plebiscito que terminó con la salida de Pinochet del gobierno en 1988.
La elección de una cámara en mano, pequeños fuera de foco y constantes reencuadres acentúan cierto sentido desprolijo. Así, Larraín consigue imágenes que remiten a las formas del documental y se ensamblan con imágenes de archivo televisivo de manera casi imperceptible.
Un creativo publicitario, interpretado por Gael García Bernal, se enfrenta primero a su cliente, la izquierda chilena, que se escandaliza ante una propuesta con base en la "semiótica de la publicidad". Ve en la campaña "una lavada de cara" del horror generado por la dictadura, que debe ser dicho. El mismo sentimiento mantiene la madre de su hijo, una militante que va y viene sin ocupar un lugar claro en la vida familiar.
En el frente contrario, los generales pinochetistas, que abogan por el Sí, se sienten muy seguros de su triunfo y no temen a la imagen de un arcoiris sobre la palabra No, acompañada por un jingle pegadizo. Al final (la historia) todos deberán aceptar los alances del "discurso de la felicidad".
Quizás el espectador dude del publicista ¿se trata de alguien con convicciones políticas que busca terminar con un régimen dictatorial? o ¿es simplemente el repetidor de una fórmula que no falla, sea publicidad, novela o campaña política?. Un hombre que puede desplazarse de un género al otro, sin remordimientos morales, tal como se desliza tranquilamente sobre su skate.
No contribuye a la discusión sobre cómo el lenguaje genera conciencia política, pero a la vez plantea un problema filosófico recurrente ¿es posible que un individuo moderno se convierta en un héroe - pueblo? ¿Cómo se da el traspaso de un "yo" a un "nosotros"?
La copia de la copia de la copia, imágenes entre la ficción y el documental, conducen en este caso a preguntarnos quiénes y cómo se definen los gobiernos democráticos.

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